Fue la respuesta de Bolívar ante los numerosos crímenes perpetrado por Domingo Monteverde Francisco Cervériz, Antonio Zuazola, Pascual Martínez, Lorenzo Fernández de la Hoz, José Yánez, Francisco Rosete y otros jefes realistas luego de la caída de la Primera República.
Una de esas medidas fue la Proclama de Guerra a Muerte, la cual lanzó el 15 de Julio de 1813. El contenido fundamental de la proclama se resume en su último párrafo, que dice así:
“Españoles y canarios, contad
con la muerte, aún siendo indiferentes, si no obráis
activamente en obsequio de la libertad de la América; americanos, contad
con la vida, aún cuando seáis culpables”.
Esta Proclama era, sin duda alguna, un
recurso supremo para inculcar en los venezolanos conciencia de
patria; para aislar a los Realistas del pueblo, que ciegamente
venía siguiendo las promesas demagógicas de los caudillos
españoles. Los fines que perseguía El Libertador con esta proclama,
eran, pues, de elevado patriotismo.
Además, El Libertador se
proponía responder con la mayor energía al engaño y a las
crueldades cometidas por los Realistas, y establecer con la mayor
firmeza un gobierno republicano que actuara con mano firme, sin el
idealismo que había caracterizado a los dirigentes de la
Primera República.
El Libertador quería, pues, responder en la misma forma los desmanes y horrores que cometían los realistas.
A pesar de haber sido Bolívar el autor
del decreto de guerra sin cuartel, en varias ocasiones consideró la
posibilidad de la derogación de dicho instrumento.
Finalmente, el 26 de noviembre de 1820
se celebró en Trujillo, en el mismo lugar donde se proclamó la «Guerra a
Muerte», el Tratado de Regularización de la Guerra, el cual derogaba
el decreto de 1813.
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